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miércoles, 27 de enero de 2016

TEXTO COMPLETO: Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016


VATICANO, 26 Ene. 16 / 06:05 am (ACI).- 

Hoy se dio a conocer el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016 que lleva como título «'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13). Las obras de misericordia en el camino jubilar». El texto ha sido dado a conocer por la Santa Sede en conferencia de prensa. Los idiomas en los que puede encontrarse son el italiano, español, inglés, polaco, alemán, portugues, francés y árabe.
A continuación el texto completo en español:

«'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13).

Las obras de misericordia en el camino jubilar»

1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada
En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.
María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia
El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.
Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.
Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia
La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.
Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.
La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.
No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

Vaticano, 4 de octubre de 2015
Fiesta de San Francisco de Assis
PAPA FRANCISCUS


miércoles, 2 de septiembre de 2015

VATICANO, 01 Sep. 15 /

En su carta dada a conocer hoy por el Año de la Misericordia, el Papa Francisco explicó las formas en las que los fieles podrán obtener la indulgencia durante este jubileo; ya sea en Roma, en cualquier lugar del mundo e incluso en las cárceles. El Santo Padre también explica el modo en el que deben proceder los enfermos y ancianos para obtener esta gracia.
En cualquiera de los siguientes casos que se mencionan para obtener la indulgencia se debe cumplir primeramente con las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre.
1.- Los fieles “están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión”.
2.- “Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la Santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia”.
El Papa precisa que “será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo”.
3.- El Papa Francisco señala también que cada vez que un fiel realice personalmente una o más las obras de misericordia corporales y espirituales “obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar”.
“De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad”, resalta el Papa.
4.- Sobre los enfermos y las personas ancianas que no pueden salir de casa, el Pontífice afirma que para ellos “será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad”.
“Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la Santa Misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar”.
5.- Sobre los presos, el Pontífice explica que “en las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad”.
6.- Indulgencia para los difuntos: “de igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin”.


Hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales.

I.- Obras de misericordia corporales:
En su mayoría salen de una lista hecha por el Señor en su descripción del Juicio Final. Son:
1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

II.- Obras de misericordia espirituales:
Han sido tomadas por la Iglesia de otros textos que están a lo largo de la Biblia y de actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento, etc. Son:
1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON LA QUE SE CONCEDE LA INDULGENCIA
CON OCASIÓN DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

Al venerado hermano

Monseñor Rino Fisichella
Presidente del Consejo pontificio
para la promoción de la nueva evangelización

La cercanía del Jubileo extraordinario de la Misericordia me permite centrar la atención en algunos puntos sobre los que considero importante intervenir para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes. Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz.
Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis, o como peregrinos en Roma, vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido. Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.
Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad. Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar. Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad. El Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta. Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.
He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar. De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.
La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.
Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo. Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza. El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.
Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.
Confiando en la intercesión de la Madre de la Misericordia, encomiendo a su protección la preparación de este Jubileo extraordinario.

Vaticano, 1 de septiembre de 2015.
Papa Francisco

Fuente:  El Vaticano

viernes, 22 de mayo de 2015

Carta Mns. D. Juan José Aguirre - Obispo de Bangassou

  
 
Queridos amigos:
 Mil gracias a todos los que me habéis llamado en estos días, 
me habéis escrito por mail para animarme, habéis seguido la 
evolución de mi enfermedad o habéis estado rezando simplemente
 por mí... No estoy de ánimos al 100% y me siento  muy cansado 
pensando lo  que Dios quiere de mi. En efecto,  el dia de mi 
17º  aniversario de consagración episcopal, el domingo 10, me desperté de madrugada  con un fuerte dolor en el pecho. Ya he 
tenido dos infartos hace 4 años y se reconocer  que llegaba el
 tercero.
 Afortunadamente me encontraba ya en Bangui preparando mi viaje
Roma para la  visita “Ad Limina” que cada 6 años hace toda 
la Conferencia Episcopal centroafricana. Con mi  compañero 
comboniano padre Aurelio buscamos una doctora cooperante, que 
nos dijo que ella no tenia aparatos para hacer una "trombolisis" 
de urgencia  para empezar a disolver el coágulo, que fuéranos a 
la clínica Sweps donde encontramos un celador por único habitante,
 llamamos a dos cardiólogos que no cogieron el teléfono y , 
finalmante, nos acercamos al hospital de campaña que el ejército
 francés tiene en Bangui (200 soldados en zona de alto riesgo, lo 
 necesitan) y alli nos atendieron con urgencia, competencia y acogida
 excelente. 
 Hoy ya bien, en casa, flojito pero levantándome, sin responder a
 teléfonos y pensando  en el futuro, que ya no podrá ser como antes, 
aunque sé que Roma me va a dar largas.  Estuve dos dias en la clínica
 de campaña francesa y pedían que un avión medicalizado,  me llevara 
a hacer un cateterismo, máximo  antes de 48h. Como no tengo seguro 
médico  fuera de España, embajadas, nunciatura y demás organismos 
se lavaron las manos y  animaron a mi familia a encontrar
financiación propia. Tras arduas negociaciones económicas  y 
búsqueda de medios, al final vino una avioneta de Luxemburgo y me
 trajo a España sin  maletas, con escala en Niger y en Málaga. 
A la Cruz Roja de Córdoba llegué a las  3 de la mañana, momento que 
véis en la foto. Al dia siguiente entraron en mis coronarias para 
descubrir que la derecha estaba obtruída por un antiguo stem que 
se había movido del  sitio produciendo un trombostem. A los 7 stems 
que ya tenía, añadieron dos y me recompusieron  el atasque. Dos dias
 sin irrigación derecha no han supuesto casi ningún daño y ahora me 
dan  varios meses para recuperarme. Ha sido como un milagro venir 
desde tan lejos con una arteria  bloqueada y yo me siento como aquel  
que apalearon los ladrones en la parábola del Buen Samaritano  
éste tuvo piedad, se acercó y lo amó.
Quiero ir a Roma a mitad de junio para encontarme con el Cardenal 
Filoni, presidente del Dicasterio de Propaganda Fide, y (si es posible),
 con el Papa pues la conferencia episcopal centroafricana está actualmente
 en Roma y yo me estoy perdiendo esta visita... Tengo varios meses para 
pensar, rezar, discernir, escuchar al Cardenal Filoni, escuchar el parecer
de personas... sin llegar a conclusiones radicales de que "al tercer 
aviso el toro tiene que ser devuelto a los corrales", abandonando alli 
gentes y proyectos, pero tampoco sin tener en cuenta de que hay que pisar 
el freno, que sin un cardiólogo por los alrededores sera difícil seguir o 
sin  un Obispo auxiliar que llevelo mas gordo...o... hay otras posibilidades 
que Dios nos irá haciendo entender con su saber sugerir entre líneas.
Otra vez mil gracias por vuestras llamadas, oraciones, recuerdos, y tantas
 otras cosas.
Mil gracias a todos. Y  a todos , que Dios nos siga guiando.  
Monseñor. D. Juan José Aguirre 
    Obispo de Bangassou - Centroafrica 
20/05/2015

viernes, 20 de febrero de 2015

«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos.

Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra.
Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres.
Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos.
Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia.
La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31).

Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: "Fac cor nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón semejante al tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 27 de Enero de 2015. 

FRANCISCUS PP.

Fuente: Mensaje para la Cuaresma 2015 del Papa FRANCISCO

lunes, 8 de diciembre de 2014

MARÍA INMACULADA - PISO PILOTO DEL CRISTIANISMO

Todo es poco para engrandecer y ensalzar la figura de María, por ello desde el cariño y la devoción que hunden sus raíces en la más antigua tradición, la imagen de María Inmaculada hoy es procesionada por muchos pueblos y ciudades. 
Sin lugar a dudas, todos tenemos en nuestra retina una imagen -pintura o escultura- concreta de María, que nos evoca a la que para nosotros es la madre de Dios. Estas figuras artísticas como sabemos son mediaciones que en ningún momento pueden sustituir a la que verdaderamente fue la madre de Dios, cuyo mismo Espíritu nos asiste a cada uno de los miembros del pueblo de Dios.
María, mujer que no responde al prototipo de persona pecadora que nos relatan los míticos -no históricos- relatos del Génesis y la creación del mundo; en aquel episodio de la serpiente y la manzana. Ella es considerada en las escrituras muchas cosas, desde un plano verotestamentario y neotestamentario. Arca de la alianza, como nexo de unión entre la antigüedad y lo nuevo que representa su hijo y portadora del mismo hijo. Llena de gracia (Lc1,28), ante su prima Isabel "bendita entre todas las mujeres" (Lc1,42)...etc.
Digamos que en María se rehabilita la sobre carga de pecado que desde la antigüedad soporta la mujer en Gn 3,15, y que tanto ha dificultado su desarrollo en muchos planos, sin ser el eclesiástico una excepción. La teóloga María Clara L. Bingemer admite que en María la mujer es rehabilitada desde el magisterio de la iglesia, aunque tengo mis dudas al respecto ya que aun hoy día se le niega el acceso a responsabilidades determinadas que implicarían su plena inclusión en el organigrama eclesiástico. Desde luego aunque esto es importante, me gusta reseñar que desde mi punto de vista lo mejor que tiene la mujer y por ello inviolable es su propia dignidad. Y de esa dignidad participa María entre todas las mujeres y hombres del mundo, que por amor de Dios fuimos dados a la vida y fuimos creados a "Su" imagen y semejanza (Gn 1,26-27). Es hermoso considerar a María dentro de esta colectividad humana de la que todos participamos, pues en sí misma "ella fue insignificante en la estructura social de su tiempo" (Mª Clara L.Bingemer).
Quiero hacer hincapié en algo. La sociedad tiene una asignatura pendiente aun con la mujer de nuestro tiempo. Derechos, libertades, igualdad de salarios y oportunidades...etc. Como dije antes en el plano jerárquico de la iglesia, también hace falta igualdad. Pero en ambos planos social y el eclesiástico, hay que tener mucho cuidado de no unir a la femineidad aquellos estereotipos que representan deformaciones para la dignidad de la mujer. Desde la teología más antigua María no es ajena a esto. Por ser femeninas se las considera sumisas, entregadas, abnegadas, servidoras, esclavas, solo pueden decir sí...etc (Ef 5,22ss). Y esto es una injusticia si solo se la aplica a la mujer, por un indeleble sentido del machismo más rancio y obsoleto del que incluso hacemos participe a la madre de Dios, María.
Ella fue mujer por encima de todo, y fue persona. Pudo optar por aceptar el plan de Dios o negarse al mismo, y fue esa misma disponibilidad la que le hizo ser considerada grande, a pesar de su pequeñez. Si dignificamos la vida de la mujer, si no le ponemos barreras al desarrollo de su persona y de sus posibilidades estamos honrando a la madre de Dios. Hace años un profesor me dijo que María es el piso piloto del cristianismo. Extraña comparación, pero plausible cuando se explica. Nadie compra un piso sin construir, para eso se construye un piso piloto que responde fielmente a la compra que usted hace. ¿Que pienso yo que debe ser, y como debe vivir un cristiano? Pues en María tenemos el modelo perfecto. María es el piso piloto. María, junto a Jesús son el camino la verdad y la vida. Hoy litúrgicamente la consideramos pura, y verdaderamente lo fue. Pues a parte de las connotaciones de la pureza sexual de María de las que tengo mi propia interpretación y creencia; fue pura porque supo apartar de si mismo todo lo que podía obstaculizar el plan de Dios en sí misma.
Que ella nos guarde, y que el mismo Espíritu que la asistió, nos asista a cada un@ de nosotr@s en las circunstancias de nuestra vida.
Feliz día. Dios os guarde.
 
Escrito de:
 
D. Florencio Salvador Díaz Fernández (Laico Contemplativo)
Diplomatura en Teología. Escuela Diócesana de Teología de Ecija (Sevilla)
 

lunes, 27 de octubre de 2014

¿Hay que confesarse para poder comulgar?



¿Hay que confesarse para poder comulgar?

El que quiere recibir a Cristo en la Comunión Eucarística 
debe hallarse en estado de gracia”

Ideas claras desde el Catecismo de la Iglesia Católica
  • En primer lugar debemos dejar claro que la celebración de la Eucaristía es el centro de toda la vida cristiana, ya que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo. Jesucristo, el Señor, se inmola en el sacrificio de la Santa Misa cuando comienza a estar sacramentalmente presente como alimento espiritual bajo las especies de pan y vino. Es decir, Cristo está entregando su vida por ti en la Santa Misa, y uno se une íntimamente a Él.
  • El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Juan 6,53).
  • La Eucaristía como alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, fortalece la caridad que, en la vida cotidiana tiende a debilitarse; y esta caridad vivíficada borra los pecados veniales. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de arraigarnos a Él y de romper los lazos desordenados con las criaturas. (Catecismo de la Iglesia católica nº 1394).
  • Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Pero la Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales, esto es propio del sacramento de la Reconciliación.
  • La Eucaristía , que continuamente hace presente entre los hombres el misterio pascual de Cristo, es la fuente de toda gracia y perdón de los pecados. Sin embargo, los que desean recibir el cuerpo del Señor, para que perciban los frutos del sacramento pascual, tienen que acercarse a Él con la conciencia limpia y con recta disposición de espíritu. El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia (C.I.C. 1415).
  • Para responder a la invitación que nos hace el Señor a participar de su vida, debemos prepararnos para este momento tan grande y Santo. Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la reconciliación antes de acercarse a comulgar. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1385).
  • Por eso , la Iglesia manda, que nadie que esté consciente de pecado mortal, por contrito que sea, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin previa confesión sacramental.
  • No obstante, si concurre un motivo grave y no hay oportunidad de confesarse, haga primero un acto de contrición perfecta con el propósito de confesar cuanto antes uno por uno los pecados mortales que al presente no puede confesar.
  • Los que diariamente o con frecuencia suelen comulgar conviene que con la oportuna periodicidad, según la condición de cada cual, se acerque al sacramento de la penitencia. (Ritual de la Sagrada Comunión, 23). Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante el sacramento de la Confesión, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1458).
  • Los que van a recibir el sacramento no lo harán sin estar al menos desde una hora antes en ayunas de alimentos y bebidas, con la sola excepción del agua y las medicinas. Las personas de edad avanzada o que sufren una enfermedad cualquiera, como también quienes las cuidan, pueden recibir la Sagrada Eucaristía aunque hayan tomado algo dentro de la hora precedente. (Ritual de la Sagrada Comunión, 24).
EXAMEN DE CONCIENCIA PARA PERSONAS QUE LLEVAN MUCHO TIEMPO SIN CONFESARSE CON UN SACERDOTE

Recuerda que para que la confesión sea válida no se puede mentir ni ocultar ningún pecado. Si lo haces es como si no te hubieras confesado.
Recuerda que no hay que tener vergüenza al ir a confesar, los sacerdotes son consagrados de Dios, están preparados para este ministerio, y estás bajo secreto de Confesión durante toda la confesión. Además al confesonario se va a decir los pecado no las cosas buenas que hemos hecho.
Recuerda que No es el sacerdote el que confiesa, sino Cristo a través del sacerdote.
Recuerda que uno no se puede confesar directamente con Dios, eso sirve si te vas a morir y no hay ningún sacerdote cerca que te pueda Absolver. En circunstancias normales para que los pecados nos los perdone Dios tenemos que ir a un sacerdote y a través de él Cristo borra nuestras culpas y pecados. Solo en caso de peligro de muerte y que se de la circunstancia de que no haya ningún sacerdote cerca para que te confiese tiene validez el pedir perdón a Dios a través de un acto de contrición.
  1. ¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas?
  1. ¿Has faltado algún Domingo a Misa o días de precepto ?
  1. ¿Has comulgado alguna vez sin confesar estando en pecado?
  1. ¿Has visitado al Señor en el Sagrario, que siempre está esperándonos?
  1. ¿Tienes a Jesús y a la Virgen María presentes en tu vida?
  1. ¿Rezas un poquito cada día? ¿Sé escuchar a Dios y aprender a conocerle en la lectura de la Sagrada Escritura? ¿Le cuento mis deseos y esperanzas, mis alegrías y sufrimientos, mis errores y mi gratitud por todo lo bueno y bello? En definitiva, ¿lucho para que Dios esté siempre en el centro de mi alma?
  1. ¿Cómo te has portado con tus padres, familiares…?
  1. La caridad es paciente, la caridad es benigna; no es envidiosa, no obra con soberbia, (…) se complace con la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Co 13, 4-7). ¿Entiendo que la caridad es comprender? ¿Sé escuchar y hacerme cargo de los puntos de vista de los demás? ¿Trato con cariño a mi esposo, esposa y a mis hijos?
  1. ¿Has sido obediente o siempre quieres hacer lo que a ti te da la gana?
  1. ¿Cómo te has portado con tus amigos, vecinos…?
  1. ¿ Has tenido odio, rencor, malos pensamientos… hacia otras personas?
  1. ¿Has contestado de mala forma a alguna persona?
  1. ¿Has ayudado en las tareas de casa o te ha podido la pereza?
  1. ¿Has hablado mal de alguna persona?
  1. ¿Corto las conversaciones impuras o frívolas?
  1. ¿Se parar la curiosidad y procuro huir de las ocasiones en las que puedo ofender al Señor con la vista, la ironía, la crítica o la imaginación?
  1. ¿Estoy viviendo o vivo en situación de pecado al adelantar la convivencia en el hogar con mi futuro cónyuge antes de contraer matrimonio?
  1. ¿He mantenido relaciones conyugales antes de recibir el sacramento del matrimonio? En caso de ser afirmativa la respuesta: ¿Han utilizado medios anticonceptivos que cierran la relación conyugal a la vida? ¿Reconozco que he optado por vivir en situación de pecado, alejándome del amor de Dios, sin tener en cuenta que se pone en juego la vida eterna de mi existencia y la de la otra persona?
  1. Si estas casado/a o tienes pareja, ¿Has sido infiel a tu pareja? ¿Cuántas veces?
  1. ¿Has robado algo o cogido cosas sin permiso?
  1. ¿Has sido caprichoso?
  1. ¿Has trabajado o pierdes mucho el tiempo?
  1. ¿Has sido generoso, has compartido… o has sido egoísta pensando solo en ti?
  1. ¿Has tenido envidia de otras personas por lo que son o lo que tienen? La envidia es cuando no te alegras del bien de los demás.
  1. ¿Has tenido pensamientos feos, malos o impuros? ¿Reacciono con valentía ante situaciones chabacanas o sensuales? ¿Procuro poner todo de mi parte para que no se den?
  2. ¿Has visto películas, fotografías… de carácter pornográfico?
  3. ¿Has cometido actos impuros y egoístas como la masturbación? ¿Se han dado con mucha frecuencia? ¿Ha sido solo/a o acompañado/a? ¿Has sido tentado/a con pensamientos o deseos hacia personas del mismo sexo?
  4. ¿Has utilizado medios anticonceptivos, pastillas del día después, diu…?
  5. ¿Desagravio a Dios cuando veo que se le ofende? ¿Me doy cuenta de que mi ejemplo puede mover a otros a cambiar su vida, y que una omisión equivaldría a cierta complicidad?
  6. ¿Has provocado o ayudado o animado al aborto? En caso de que hayas abortado o ayudado a abortar a alguien, sabía que estabas cometiendo un pecado que conlleva la excomunión?
  1. ¿Te has dejado llevar por la soberbia, el orgullo, el egoísmo?
  1. ¿Has cuidado el medio ambiente, la limpieza de las calles…?
  1. ¿Has hablado chabacanamente, diciendo tacos o barbaridades?
  1. ¿Has mentido? ¿Evito siempre la mentira, aunque suponga pasar un mal rato?
  1. ¿Has hecho algo con lo que hayas podido ofender a Dios, a la Iglesia, a tu familia…?
  1. ¿Tienes que confesar algún pecado de omisión, es decir, algo que debías haber hecho y no lo hiciste? ¿Has dejado que una persona que estaba en peligro de pecar lo hiciera o le has aconsejado que no lo haga?
  1. ¿Has honrado a tu padre y a tu madre?
  1. ¿Has matado la imagen de Cristo que hay en ti alguna vez por tu mala conducta?
  1. ¿Has atentado contra tu vida (Suicidio) o contra la vida de alguien?
  1. Has ido a brujos/as, hechiceros/as o a que te lean las manos, las cartas, a que hagan un conjuro, mal de ojo, tarot, reiki, cartas astrales, adivinación, güija, espiritismo…
Padre Francisco Javier Domínguez
P.S. Les dejamos un fantástico vídeo que les guiará de una forma muy emotiva a realizar un buen examen de conciencia


Fuente: ADELANTE LA FE

jueves, 12 de junio de 2014

Escuela Diosesana de Hermandades y Cofradías. Archidiósesis de Sevilla

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Dirigida de forma genérica a los cofrades, y particularmente a los que aspiren a ser hermanos mayores o miembros de juntas de gobierno.

El próximo mes de octubre iniciará su andadura la Escuela Diocesana de Hermandades y Cofradías, una iniciativa promovida por el arzobispo, en la que, según expresa en una carta que ha dirigido a los hermanos mayores de las hermandades de la Archidiócesis, “tengo cifradas muchas ilusiones”. La Escuela -explica mons. Asenjo- estará bajo el patronazgo de San Fernando, “por ser laico, patrón de nuestra Archidiócesis y figura insigne de nuestra de ciudad de Sevilla, junto a San Isidoro y San Leandro”.
La Escuela Diocesana pretende ser “un medio privilegiado entre los ya existentes”, que facilite a los miembros de las juntas de gobierno y a todos los cofrades que lo deseen “una formación que hoy es una exigencia para todos los cristianos, y muy especialmente para los miembros de nuestras hermandades”, subraya el prelado en la citada misiva.

Dentro del Instituto Superior de Ciencias Religiosas
Esta institución de nuevo cuño formará parte de los cursos de extensión pastoral del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, junto con la Escuela Diocesana de Catequesis San Leandro’ y la Escuela Diocesana de Liturgia ‘San Isidoro’. Las tres tendrán un primer curso común de fundamentación teológica que seguirá la estructura del Catecismo de la Iglesia Católica. El segundo curso será de especialización. Además, para obtener el diploma se deberán cursar dos asignaturas del Instituto.
Mons. Asenjo se ha mostrado convencido de que la Escuela será “un instrumento fecundo, que dará muchos frutos y que permitirá la formación de nuestros cofrades, muy especialmente de los que aspiren a ser hermanos mayores o miembros de juntas de gobierno”.

Fuente: Archidiósesis de Sevilla

viernes, 23 de mayo de 2014

Un cristiano sin alegría, o no es cristiano o está enfermo.

Esta mañana en Santa Marta, el Papa afirmó en la homilía de la misa que es imposible un cristiano triste y subrayó que el Espíritu Santo es quien nos enseña a amar y nos llena de alegría.
Jesús, explicó el Papa Francisco, antes de ir al Cielo, habló de muchas cosas, pero se detenía siempre en “tres palabras clave”: “Paz, amor y alegría“ Sobre la paz nos decía que no nos da una paz como la da el mundo”, sino que nos da una “paz para siempre”. Sobre el amor, dijo muchas veces que “el mandamiento era amar a Dios y amar al prójimo” e hizo casi un “protocolo”, en Mateo 25, “sobre el que todos seremos juzgados”. En el Evangelio de hoy, observó, “Jesús dice sobre el amor algo nuevo: ‘No sólo amen, sino permanezcan en mi amor’”.
“La vocación cristiana es esto: permanecer en el amor de Dios, es decir, respirar, vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire. Permanezcan en el amor de Dios. Y con esto cierra la profundidad de su discurso sobre el amor y va adelante. ¿Y cómo es su amor? ‘Como el Padre me amó, también yo los he amado’. Es un amor que viene del Padre. La relación de amor entre Él y el Padre es también una relación de amor entre Él y nosotros. Y a nosotros nos pide que permanezcamos en este amor, que viene del Padre”.
“Una paz – prosiguió – que no viene del mondo, sino de Él. Un amor que no viene del mondo, que viene del Padre”. Por tanto, el Papa Francisco se detuvo en la exhortación de Jesús: “Permanezcan en mi amor”. El signo de que nosotros “permanecemos en el amor de Jesús”, subrayó, “es que guardamos los Mandamientos”. No basta seguirlos. “Cuando permanecemos en el amor, dijo, los Mandamientos vienen solos, del amor”. El amor, reafirmó, “nos lleva a cumplir los Mandamientos así, naturalmente. La raíz del amor florece en los Mandamientos”. Y estos, fue su reflexión, son “como el hilo” que liga una “cadena: el Padre, Jesús, nosotros”. Francisco dirigió así la atención a la alegría.
“La alegría, que es como el signo del cristiano. Un cristiano sin alegría, o no es cristiano o está enfermo. ¡No hay otra! ¡Su salud no va bien allí! La salud cristiana. ¡La alegría! Una vez dije que hay cristianos con cara de pimientos en vinagre. ¡La cara siempre así! También el alma así, ¡esto es feo! Estos no son cristianos. Un cristiano sin alegría no es cristiano. Es como el sello del cristiano, la alegría. Incluso en los dolores, en las tribulaciones, también en las persecuciones”.
De los primeros mártires, recordó, se decía que iban “al martirio como si fueran a una boda. Es la alegría del cristiano que custodia la paz y custodia el amor”. Paz, amor y alegría, “tres palabras que Jesús nos deja”. Y ¿quién nos da esta paz, este amor, quién nos da la alegría?, se preguntó el Papa: “Es el Espíritu Santo”.
“¡El gran olvidado de nuestra vida! Yo quisiera preguntarles – pero no lo voy a hacer, ¡eh! – pregúntense: ¿cuántos de ustedes rezan al Espíritu Santo? No levanten la mano... Es el gran olvidado, ¡el gran olvidado! Y Él es el don, el don que nos da la paz, que nos enseña a amar y que nos llena de alegría. En la oración hemos pedido al Señor: ‘Custodia tu don’. Hemos pedido la gracia de que el Señor custodie el Espíritu Santo en nosotros. Que el Señor nos de esta gracia: custodiar siempre el Espíritu Santo en nosotros, ese Espíritu que nos enseña a amar, nos llena de alegría y nos da la paz”.
 
Casa Santa Marta. Viernes 23 de Mayo 2014.  Papa FRANCISCO
 

jueves, 22 de mayo de 2014

CATEQUESIS DEL PAPA SOBRE LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO: EL DON DE CIENCIA
-"LA NATURALEZA ES UN REGALO DE DIOS Y DEBEMOS CUIDARLA Y CUSTODIARLA"

Les ofrecemos, queridos amigos, el texto completo de la catequesis de hoy del Papa Francisco sobre el don de Ciencia:

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero hablar de otro don del Espíritu Santo, el don de ciencia. Cuando se habla de ciencia, el pensamiento va inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer siempre mejor la realidad que lo circunda y de descubrir las leyes que regulan la naturaleza y el universo.
Pero la ciencia que viene del Espíritu Santo no se limita al conocimiento humano: es un don especial que nos lleva a percibir, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con cada criatura.
1- Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu Santo, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y en la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él, cada cosa nos habla de su amor. ¡Todo esto suscita en nosotros gran estupor y un profundo sentido de gratitud!
Es la sensación que sentimos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que sea fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: de frente a todo esto, el Espíritu nos lleva a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.
2- En el primer capítulo del Génesis, precisamente al inicio de toda la Biblia, se pone en evidencia que Dios se complace de su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al final de cada jornada, está escrito: “Dios vio que era cosa buena” (1,12.18.21.25). Pero si Dios ve que la creación es una cosa buena y una cosa bella, también nosotros tenemos que tener esta actitud: de ver que la creación es cosa buena y bella.
Y con el don de la ciencia, alabamos a Dios por esta belleza, damos gracias a Dios por habernos dado ¡tanta belleza! Y este es el camino.
Cuando Dios terminó de crear al hombre no dijo “vio que era cosa buena”, dijo que era “muy buena”; nos acerca a Él. Y a los ojos de Dios nosotros somos lo más bello, lo más grande, lo más bueno de la creación. Pero padre, ¿los ángeles? ¡No! Los ángeles están más abajo nuestro, ¡nosotros somos más que los ángeles! Lo escuchamos en el libro de los Salmos. ¡Nos quiere el Señor! Debemos agradecerle por esto.
El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con la Creación y nos hace partícipes de la limpidez de su mirada y de su juicio. Y es en esta perspectiva que logramos captar en el hombre y en la mujer el culmen de la creación, como cumplimiento de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que nos hace reconocernos como hermanos y hermanas.
3. Todo esto es fuente de serenidad y de paz y hace del cristiano un gozoso testigo de Dios, en las huellas de San Francisco de Asís y otros muchos santos que supieron alabar y cantar su amor a través de la contemplación de la creación.
Al mismo tiempo, sin embargo, el don de ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas. El primero es el riesgo de considerarnos dueños de la creación. Porque la creación no es una propiedad, que podemos gobernar a voluntad. Tampoco es propiedad de sólo algunos pocos: la creación es un regalo, es un don maravilloso que Dios nos ha dado, para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud.
La segunda actitud equivocada es la tentación de quedarnos en las criaturas, como si éstas pudieran ofrecer la respuesta a todas nuestras expectativas. Y el Espíritu Santo con el don de la ciencia nos ayuda a no caer en esto.
Pero yo quisiera volver a la primera vía equivocada: no hay que "adueñarse de la creación", sino cuidarla. Debemos cuidar la creación, es un don que el Señor nos ha dado, para nosotros, ¡es un regalo que nos hace Dios! Nosotros somos custodios de la creación.
Pero cuando explotamos la creación, ¡destruimos el signo del amor de Dios! Destruir la creación es decir a Dios: “no me gusta esto, no es bueno”. ¿Y qué te gusta a ti? Me gusto a mí mismo: ¡éste es el pecado! ¿Han visto? La custodia de la creación es precisamente la custodia del don de Dios.
Y también es decir al Señor: “Gracias, yo soy el dueño de la creación. Pero para hacerla seguir adelante yo no destruiré jamás tu don”. Y esta debe ser nuestra actitud con respecto a la creación. Custodiarla, porque si nosotros destruimos la creación, la creación nos destruirá. No olviden esto.
Una vez, yo estaba en el campo y escuché un dicho de parte de una persona simple, a la cual le gustaban tanto las flores; él cuidaba estas flores y me dijo: “Debemos custodiar estas bellas cosas que Dios nos ha dado. La creación es para nosotros; para que nosotros la aprovechemos bien. No explotarla, custodiarla. Porque, ¿usted sabe padre?” – así me dijo – “Dios perdona siempre”. Sí, y esto es verdad, Dios perdona siempre. “Nosotros seres humanos, hombres y mujeres, perdonamos algunas veces” . Y sí, algunas no perdonamos. “Pero la naturaleza, padre, no perdona jamás y si tú no la cuidas, ella te destruirá”.
Esto debe hacernos pensar y pedir al Espíritu Santo este don de la ciencia, para entender bien que la creación es el más hermoso regalo de Dios. Que Él ha dicho: esto es bueno, esto es bueno, esto es bueno y es el regalo para lo mejor que he creado, que es la persona humana. Gracias».